El ritmo en la sangre
Cuba es una fábrica exportadora de música. Su riqueza rítmica y melódica ha llevado el son caribeño a todos los rincones del mundo. La música cubana se debe a una compleja fusión cultural que data del S. XVII. Una es la cultura criolla, nacida de una entremezcla de colonización hispana y de africanos traídos para suplantar la deficiente mano de obra durante el Siglo XVII y XVIII. Por otro lado, las migraciones de franceses, chinos, jamaicanos y mexicanos. También durante el S. XIX y XX recibió importantes influencias de Estados Unidos y de Italia.
La trova
La trova cubana es descendiente y heredera legítima de una añeja
tradición universal que arranca del siglo XI, cuando en el sur de la Francia
medieval florecieron los primeros trovadores (literalmente, "encontradores"),
poetas y músicos siempre; también a veces tañedores de instrumentos de cuerdas;
en ocasiones, además, cantantes, y en su versión más completa, todo al mismo
tiempo.
En el caso de Cuba, el lugar específico de su nacimiento fue la región oriental
de la isla; en la ciudad de Santiago de Cuba, donde en el último tercio del
siglo XIX un compositor y guitarrista llamado José Sánchez – Pepe-, se convirtió
en el padre de la canción trovadoresca cubana y en el primer maestro de los
grandes trovadores, especialmente del genial Sindo Garay.

Desde entonces, la trova cubana ha producido y sigue produciendo tantos nombres,
que harían falta muchas páginas para citarlos a todos. Hasta comienzos de la
séptima década del XX, la trova cubana había sido sólo aquella que inició Pepe
Sánchez, floreció con sus continuadores durante más de medio siglo, y entró
luego en una fase de cierto estancamiento, coincidiendo con la irrupción de
varios nuevos ritmos y géneros en la música popular cubana.
Pero justamente en los años 60 cobró renovados bríos, renació y se revitalizó
con el llamado Movimiento de la Nueva Trova, encabezado por las figuras de Pablo
Milanés, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Vicente Feliú, Sara González y otros
jóvenes creadores, a partir de lo cual la anterior modalidad trovadoresca pasó a
ser conocida por las nuevas generaciones como la vieja trova, también llamada a
veces antigua o tradicional.
El son
El origen del son aún es discutido por muchas personas, y sólo encuentran
respuesta consensual en un estribillo de uno de los más populares sones de
Miguel Matamoros: "Son de la loma", aunque se cante en el llano.
De lo que no existen dudas es sobre sus raíces enredadas en ritmos africanos y
españoles. Su extracción, desarrollo, sonoridad, coreografía y uso social,
condujeron al son a convertirse en el medio de expresión idóneo y representativo
para las capas humildes.
Se dice que el son se traslada de la zona oriental de Cuba a finales del siglo
XIX. Llegó a La Habana a inicios del siglo XX, tocado y cantado por soldados, y
comenzó a enriquecer su formato y su estructura. En 1920 aparecieron los
sextetos que instauraron una nueva manera de tocar que cambió el curso en la
historia de la música popular. Y el son se convirtió así en el exponente sonoro
más sincrético de la identidad cultural cubana, según el investigador Odilio
Urfé.
El primer boom de la música cubana lo constituyó la llegada del son a La Habana.
El escritor y musicólogo Alejo Carpentier reportó desde Paris, en 1932: “el son
se apodera de los dancings, del tabaco, de los music hall. ¡Ha muerto el jazz y
el tango!¡Viva el son!”
El son fue mezclándose con otros ritmos: el danzón, la rumba, y produjo nuevos
géneros como el mambo y el cha cha cha.
Unos setenta años después, a finales del siglo XX comenzó a recobrar vitalidad,
con sorprendente renacimiento. El sonido acústico y tradicional readquiere
importancia. Arcaicos y respetables instrumentos y músicos se levantan con nueva
dignidad.
El Cha-cha-chá
Ritmo, danza y canción de origen cubano, derivado del danzón y bajo la
influencia del son. Tal como recopiló el musicólogo Helio Orovio en su
Diccionario de la música cubana, el creador del cha-cha-chá,
Enrique Jorrín, contaba que a finales de la década de 1940 construyó algunos
danzones en los que los músicos de la orquesta hacían pequeños coros. El público
quedó satisfecho y eso le estimuló a intercalar algunos montunos conocidos en
otros danzones. Todos los ejecutantes entonces cantaban al unísono y con ello
descubrió que no solo disimulaba la calidad de las voces, sino que la letra se
oía con más claridad y mucho más potente.
En 1948, tras gustar mucho a su auditorio las variaciones que le realizó a un
danzón mexicano, decidió independizar del género las últimas partes. De esta
manera nacía el cha-cha-chá, con melodías casi bailables por sí solas y con el
balance que surge entre melodías a tiempo y contratiempo.
Pero fue en México donde se dio a conocer mejor y cobró gran popularidad, para
luego extenderse al resto de América Latina, e incluso, a Estados Unidos.
Se trata de un baile festivo cuyas canciones contienen letras de tipo picaresco.
Probablemente la más popular —justamente el primer cha-cha-chá— sea la dedicada
a aquella muchacha que en la céntrica esquina habanera de Prado y Neptuno, todos
los hombres la tenían que mirar (La engañadora, 1951). La bella dama, por demás
un personaje real, debía su voluptuosidad a almohadas contenidas bajo sus ropas.
"Qué bobas son las mujeres que nos tratan de engañar", dice el coro ante el
silencio instrumental.
El nombre de cha-cha-chá sugiere los tres pasos seguidos que se ejecutan para
acentuar el ritmo de la melodía. Normalmente lo interpreta una charanga que
contiene flauta, violines y percusión, o bien, una orquesta típica.
El punto guajiro
Género cantable del ámbito campesino, de marcada raíz hispánica. Fueron los
canarios asentados en Cuba quienes crearon este género una vez que asimilaron
elementos de la música andaluza. Una pizca de sustancias africanas le dieron su
carácter criollo, teniendo vida propia desde el siglo XVII.
El punto es la vida del guateque, fiesta del campo cubano. Guitarra, tres, tiple,
laúd, clave, güiro y guayo acompañan al punto, mientras los intérpretes sazonan
la fiesta con controversias de improvisación. Están visiblemente divididos: cada
uno, y su público, representan un bando, perfectamente distinguible por el color
de su emblema que bien puede ser una pañoleta anudada al cuello.
Existen dos estilos de punto, como señala el musicólogo Argeliers León: los
llamados punto libre o pinareño, y el punto fijo, localizado en las antiguas
provincias centrales de Las Villas y Camagüey.
El libre es melódicamente más fluido y su medida es más flexible, mientras su
aire es más bien lento. Los instrumentos apenas ejecutan unos rasgueos y
persiguen al cantante con algunos punteos.
Por su parte, el punto fijo hace que el cantor conserve un mismo aire y medida
exacta: el laúd y la guitarra continúan y la clave no deja de tocar. De ahí que
se le conozca también por punto de clave.
Otras variantes son, además, el llamado punto espirituano y el punto matancero.
Como variante del fijo, es frecuente el punto cruzado, en el que se canta
sincopadamente sobre el acompañamiento. Menos frecuente es la seguidilla, que es
el canto de varias décimas sin interrupción.
Aunque en Cuba existen muchos y muy buenos improvisadores, los "encontronazos"
musicales de los poetas
Justo Vega y Adolfo Alfonso siguen siendo recordados. Alfonso,
destacadamente bromista, más de una vez hizo sacar de sus casillas a Vega, este
último reconocido como el más alto exponente de este género.
Probablemente sea el punto guajiro el ritmo campesino más popular, precisamente
porque la rivalidad entre bandos a veces esconde rencillas y hasta mensajes de
amores secretos, al estilo de Montescos y Capuletos.
Fuente: Mi país Cuba
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